Los padres aprenden a masajear a sus bebés en el Fontenla Maristany

El amor que emana de las manos

Las matronas del Fontenla Maristany obraron el milagro: siete bebés en silencio durante toda una hora. ¿El secreto? Las caricias. Caricias cargadas de amor que relajan tanto al que las da como al que las recibe. Este delicado ritual es el punto de partida de las sesiones que el centro de salud imparte desde el 2009. Cada viernes, un grupo de madres y acompañantes acuden con sus bebés para ser partícipes de un oasis de paz que tiene muchos más beneficios de los que en un principio pueda parecer.

El reloj roza las once de la mañana y el área de Educación Maternal empieza a llenarse de carritos. Está a punto de comenzar la sesión, planteada en la guía del Plan de Atención Integral á Muller promovido por el Sergas y que tiene lugar cada semana en el centro de la Plaza de España. Toca despojar a los pequeños de gorritos, bodies y demás parafernalia y armarse de un buen bote de aceite para facilitar el desliz de las manos. «Hay que empezar por los pies», indica Elisa Lodeiro.

Pedir permiso al bebé

Cuando los más impacientes se disponen a comenzar su masaje, Lodeiro interrumpe. «Primero tenéis que pedirle permiso al bebé. Tenéis que preguntarle: ¿quieres que te haga un masaje?. Cuando diga que sí, empezáis», explica. Y es que el respeto es una de las bases de este curso, y también uno de los aspectos que más chocan a los que acuden a él. «Si el bebé está durmiendo, llora o protesta no le podemos masajear», afirma la matrona, que añade que si es necesario hay que parar para que se alimente. El ritmo lo marcan ellos.

Tras acariciar ambos pies y repasar cada uno de los minúsculos dedos, toca seguir por las piernas intercalando caricias relajantes y estimulantes para continuar por la barriga. El éxtasis de los bebés es máximo. Tanto, que casi parece que no están presentes. Se dejan hacer, disfrutando del tacto de sus padres. «Es el tacto nutridor», dice Fina Martínez, que también indica que «de las manos tiene que salir vuestro amor por ellos». Junto a ella supervisa la actividad Chiti Cimadevila, la tercera profesional del curso.

Dos sesiones más

Todavía quedan zonas del cuerpo por masajear, que se exploran en las siguientes sesiones. En la segunda se acarician el tórax y los brazos, mientras que la tercera se dedica a la espalda y a la cara. «Si les gusta que les acaricies una zona determinada, ¿por qué no hacerlo más veces?», argumenta con pasión Fina, que añade que de este modo «liberan endorfinas, que hacen que estén contentos y que tengan mejores defensas».

Pero este encuentro con el bebé no se trata de un tratamiento ni de una terapia. Lo deja muy claro su compañera Elisa, que añade que para recibir el masaje el pequeño tiene que encontrarse en un estado de alerta tranquila. Alertados o no, la tranquilidad inundó la sala casi tanto como el amor de sus madres.

La Voz de Galicia