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Cerca de la mitad de los gallegos ven excesivos los deberes en los escolares

Los abuelos son los más críticos con el trabajo que llevan los niños para casa: a 48 de cada 100 les parece demasiado

¿Tienen los niños gallegos de primaria demasiados deberes y tareas para casa? La pregunta parece sencilla, pero los gallegos no tienen una respuesta muy clara. Hay bastante división: para una mayoría (44,7 %) sí les sobrecargan con trabajos fuera de clase; pero otro grupo muy importante (31 %) piensa que no, que tampoco son excesivos; y finalmente hay un tercer tipo de respuesta que es «no sé», y que a ella se acogen casi el 25 % de los encuestados. Como se ve, si ahora la Xunta tomase una decisión drástica al respecto en cualquier sentido -la normativa actual indica que cada centro es libre de elegir mandar o no deberes- una parte importante de la población seguro que se opondría a la medida.

La encuesta del Instituto Sondaxe para La Voz de Galicia muestra además que estas diferencias de opinión son muy acusadas en todos los estratos demográficos. Habitualmente, las mujeres y los hombres disienten en sus opiniones, pero en este caso es prácticamente igual: un 44 % de ellas y ellos ve que los deberes son excesivos, un 31 % considera que no y un 23 % no tiene opinión; las únicas diferencias están en las décimas y, como tal, son mínimas.

En la ciudad, menos críticos

El único grupo que sí parece ser más compacto es el de los mayores de 55 años y, por tanto, el de los abuelos. Para casi la mitad (48,5 %) los niños van demasiado cargados de trabajo a casa, y 1 de cada 3 no tiene opinión.

Si las respuestas se analizan por lugar de residencia, en las ciudades son menos críticos con los deberes que en las poblaciones pequeñas, tal vez porque en estas el niño tiene muchas alternativas de ocio seguras durante la semana.

Lo cierto es que ni siquiera los profesores se ponen de acuerdo en si debería o no haber deberes en primaria. Lo que sí genera unanimidad es que las tareas en casa tienen que ser progresivas -especialmente a partir del antiguo último ciclo de primaria, de 5.º en adelante- y sobre todo más prácticas.

La semana pasada, La Voz de Galicia reunión a cinco expertos -padres y profesores- para hablar de los deberes, y concluyeron que este refuerzo sí es necesario, pero de la manera actual resulta inútil, e incluso frustrante para los alumnos. Para los participantes en el debate, lo mejor es acostumbrar al niño de pequeño a leer todas las tardes un rato, así como realizar juegos de mesa que refuercen su concentración, pero siempre de una forma que no les resulte trabajosa; conformen pasan los cursos, la apuesta es por deberes prácticos, no la repetición agobiante de ejercicios que muchas veces no pueden resolver solos. Ahí es donde se establece lo que los colectivos antideberes consideran la discriminación de los trabajos: si uno niño pertenece a una familia socioeconómicamente acomodada encontrará la ayuda que necesita para hacer bien los deberes; si por el contrario su entorno es conflictivo, o simplemente carece de la preparación suficiente para asesorarle, el niño estará abocado a un fracaso que solo su inteligencia natural podrá paliar.

Frente a estas opciones, el profesor Joan Padrós, defensor de la llamada Aula invertida, sí está a favor de los deberes, pero de hacerlos en clase. Su metodología es la contraria a la tradicional, aunque conlleva trabajo fuera del aula: el alumno, en su casa, en el autobús o dónde quiera, ve un vídeo con la explicación teórica, y al día siguiente, en el aula, la pone en práctica. En EE.?UU. se conoce a este aprendizaje como Flipped Classroom y su objetivo es que la transmisión de datos se haga de forma automática, pero la conversión de estos en conocimiento se desarrolle cerca del maestro y los compañeros, para afianzarse mejor.

¿No había que formar ciudadanos?

Por Sara Carreira

Mientras los trabajadores pedimos jornadas semanales de 35 horas como meta vital, nuestros niños trabajan 50 horas como mínimo, entre clases, actividades organizadas y deberes.

Si esto le parece excesivo a cualquier padre, ya nos podemos ir preparando, porque ahora que se han aprobado tres reválidas más -selectividad aparte- nuestros hijos se van a sentir como las ocas a las que se les da el pienso a la fuerza para engordarles el hígado, aunque en su caso serán datos y más datos para un cerebro solo preocupado por la mirada de fulano y el último tuit de perengana.

Como madre de dos estudiantes, he visto cosas que creía tan erradicadas como la viruela. De entrada, que estudian lo mismo y de la misma manera que yo lo hice, y por eso a los catorce años ya saben qué son la pepsina, la pancreatina y la lipasa, pero desconocen que el páncreas produce insulina y que no tenerla te convierte en diabético. A los dieciséis, pueden destripar durante todo un trimestre el Cantar de mio Cid y no saber ni un solo título de Gabriel García (que era como algunos de bachillerato llamaban a García Márquez cuando se murió). O examinarse de las características del gótico pero ante una foto de la catedral de León soltar: «¿Barroco?». Al acabar la educación obligatoria no se atreven a llamar al dentista para pedir cita, o reclamar en una tienda si les han dado mal el cambio; no saben decir «no» a una amiga que les propone un plan que les hace sentirse mal, y desconocen la organización política de nuestro Estado.

¿Tiene calidad nuestra enseñanza? Creo que en general no, aunque los profesores y los centros se esfuerzan; pero el currículo es inaceptable, los medios, miserables, y las leyes mutantes, un delirio. La enseñanza obligatoria debería servir para formar ciudadanos autónomos, solidarios, pensantes, preparados para vivir en el mundo real sin olvidar de dónde vienen; con una cultura general básica que les anime a seguir aprendiendo. Porque en eso consiste vivir, ¿no?

La Voz de Galicia

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