Cuentos del Magreb

Situado al norte de África, el Magreb significa el Poniente para los árabes, y agrupa

Marruecos, Argelia y Túnez. Los cuentos de este libro pertenecen a esta vasta región atravesada por la cadena montañosa del Atlas.

Estos cuentos no conocen fronteras, ya que han viajado mucho y se pueden encontrar en diferentes versiones en todo el Magreb. Hasta tal punto que a veces resulta difícil saber si son marroquíes, tunecinos o argelinos.

Lugares de amor, de odio, de amistad, donde se relacionan y se enfrentan hombres,

animales y seres fabulosos como los ogros y las vampiresas, los cuentos magrebíes tienen a

menudo un carácter compensador. En ellos los débiles y oprimidos ganan a los poderosos gracias a la astucia o la inteligencia. En ellos se habla de justicia y de equidad y se condenan la corrupción, los abusos de poder y la poligamia.

Estos cuentos se burlan de la estupidez y elogian la generosidad.

 

Los treinta cuentos reunidos en este libro, todos portadores de una enseñanza, permitirán a los lectores descubrir un poco el alma del Magreb.

Jean Muzi

 

Un campesino tenía un viejo asno. Como ya no le servía para nada, decidió venderlo.

Una mañana, montaron él y su hijo sobre el animal y salieron hacia el zoco.*

Si os subís los dos encima de ese pobre animal, lo mataréis —les dijo un vecino.

El campesino se apeó y se puso a caminar detrás del asno. Un poco más adelante, unos aldeanos los señalaron.

¡Qué vergüenza, el viejo a pie y el joven

montado en el asno!

El muchacho cedió inmediatamente su lugar al padre, pero éste era muy gordo y el burro flaquísimo. Se cruzaron con una mujer que iba con su hija.

Mira —dijo la mujer—, ese pobre asno carga con un hombre más pesado que él. Morirá antes de llegar a su destino.

Unos instantes más tarde, el campesino se detuvo cerca de un árbol al borde del camino. Su hijo lo ayudó a cortar unas ramas, que pusieron bajo el vientre del animal. Lo levantaron y llevándolo así siguieron su camino. Fueron el hazmerreír de todos los que los veían.

¡Pero dónde se ha visto eso, es el mundo al revés! ¡No son los asnos los que llevan a los hombres, sino los hombres los que llevan a los asnos!

Entonces el campesino le hizo señas a su hijo para que bajara el animal. Los dos hombres descansaron un momento y el padre dijo:

—Hijo mío, hagamos lo que mejor nos parezca y dejemos de escuchar lo que dice la gente.

—¡Tienes razón! Hagamos lo que hagamos, siempre habrá alguien que nos critique.

De modo que se montaron los dos sobre el asno y siguieron su camino hasta el zoco, donde lo vendieron.

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