Adolescentes e redes sociais

A principios de mes saltaron las alarmas entre la comunidad escolar y los padres. En Pontevedra llegó incluso a registrarse una denuncia en comisaría. La aplicación Yodel, pensada para que los estudiantes universitarios compartieran públicamente y de forma anónima bromas o generaran debates dentro de una comunidad ubicada en un radio de 10 kilómetros, comenzó a popularizarse entre los adolescentes como una plataforma en la que lanzar insultos o hacer comentarios hirientes sobre personas cuyos nombres vierten en esa plaza pública. Porque aunque las normas de esta aplicación para Apple y Android dicen claramente que no se pueden dar nombres o números telefónicos, solo hay que darse de alta para comprobar que eso es algo que algunos de los que la han descargado se saltan a la torera.

La polémica suscitada ha hecho que los gestores de esta red lanzaran una advertencia: la aplicación quedará bloqueada en aquellas zonas donde se lancen comentarios de ciberbullying.

El endurecimiento de la norma parece teórico porque, de momento, los comentarios prohibidos continúan publicándose. «¿Qué opinas de… (y dan un nombre que resulta conocido en la comunidad porque el geolocalizador del programa limita los comentarios a un radio de 10 kilómetros)? ¿Es homosexual?» Es un ejemplo de comentario no apto porque incluye nombre y apellidos.

Con todo, parece que la red empieza a perder popularidad en aquellas áreas donde la llevan utilizándola más tiempo. «No llegué a descargarla, pero ahora la usan menos porque cambiaron algo últimamente y ya no puedes criticar», explica una joven de 17 años del área metropolitana de A Coruña. De hecho, la aplicación llegó a estar en los primeros puestos de descargas del Apple Store y el viernes había bajado al puesto 72.

Esa pérdida de popularidad la constata también el sociólogo José Varela, quien está realizando una investigación dentro del máster de Metodología e Investigación Social de la UDC sobre la configuración de la intimidad a partir de los modelos de conducta en las redes sociales. «No tenía ni idea de la existencia de esa red. Hace unos días organicé un grupo de debate con adolescentes de entre 14 y 15 años de un instituto de A Coruña y me explicaban que la tenían pero que ya se usaba menos. ¿Por qué? No lo contaban. Lo que decían es que la utilizaban porque la había descargado alguien del grupo, pero en realidad no les gustaba. De hecho, uno de los presentes la quitó porque se lo dijo su hermana», explica.

Esa reacción resulta natural porque, como explica este sociólogo, los mayores usuarios de este tipo de programas son chavales que quieren pertenecer a un grupo. Alguien descubre una nueva app, la baja y el grupo más cercano la prueba. Hay chavales de 12 años que las usan.

No ocurre lo mismo en áreas más rurales o en villas, donde parece que es ahora donde empiezan a utilizarlas. Fuentes de la Guardia Civil dedicadas a la investigación del uso de estas redes sociales entre los jóvenes avanzan que en los últimos diez días se ha extendido esta aplicación en áreas del interior de Lugo, donde antes era desconocida. «No han censurado comentarios porque hay algunos no correctos que llevan colgados días», apuntan.

La que no pierde popularidad es Snapchat, dedicada a compartir vídeos o fotos que los jóvenes llaman snaps. Al contrario de la anterior, no es anónima y muestra imágenes compartidas a determinadas personas durante un tiempo o número de visualizaciones tras el que son retiradas. También avisa al que las ha subido cuando les hacen un pantallazo. «Eso tiene un riesgo porque puedo saber que le hacen un pantallazo pero no puedo obligar a esa persona a que no la use, solo avisar de que no la difunda», explica una joven usuaria. Ella es consciente del peligro. Muchos no.

Catalá: «No hay que prohibir redes, hay que

garantizar la identificación de quien las usa para un delito»

No es la primera vez que redes como esta desatan la alarma en la comunidad escolar o en la familia. Ask.fm, creada para hacer preguntas, es otro ejemplo de aplicación anónima que en su momento abrió el mismo debate después de que una joven supuestamente ciberacosada acabara suicidándose. La diferencia es que esta carece de geolocalizador. Aunque parece haber perdido adeptos, continúa en funcionamiento. No ocurre lo mismo con Gossip, un lugar de cotilleos para adolescentes, que en el 2013 desató un amplio abanico de denuncias en Cataluña y que ahora ha desaparecido.

Lo que está claro es que la popularidad de este tipo de redes sociales dura un tiempo limitado y varía en función de la zona o la población. Salvo las más consolidadas como Instagram, Facebook o WhatsApp (no es una red social, pero los adolescentes la ven como tal), la mayoría están un tiempo en la cresta de la ola y luego son sustituidas por otra. De hecho, Tuenti ha perdido la popularidad tras haber estado en el top ten de las redes para adolescentes. La pregunta es qué hacer cuándo los comentarios vertidos suponen un presunto delito. ¿Hay que articular una legislación que habilite a las autoridades a prohibirlas?

La respuesta a esa cuestión la dio esta misma semana el ministro de Justicia, Rafael Catalá en una entrevista dada a La Voz de Galicia: «No es tanto prohibir usar las redes como garantizar la identificación de los usuarios que supuestamente comentan a través de ellas un delito de injurias, vejación… Las redes telemáticas son una forma de manifestación de las comunicaciones de esta época. Por lo tanto es una nueva tecnología. No se pueden cometer delitos más o menos graves amparándose en la impunidad del anonimato que las tecnologías puedan permitir». Por tanto, las nuevas tecnologías no son malas.

Lo que ocurre es que hay que controlar el uso de redes. La mejor fórmula: la educación.

La Voz de Galicia